Pongamos que hablo de Manuela...

02.05.2020

"Cuando llegues a Madrid morena mía, voy hacerte emperatriz de Lavapiés..."

¿Qué tendrá Madrid?, que te lleva al cielo, que tantos artistas se hayan inspirado en sus calles estrechas del barrio de Maravillas, y es "pongamos que hablo de Madrid." Un lugar donde se cruzan los caminos, en el que el mar no se puede concebir...

Siempre hablamos de salir, pero muchas veces no sabemos la historia de los lugares en el que nos dejamos la vida en sus rincones.

¿Cuántos no decimos de ir a tomar algo, de salir por Malasaña?, pero ¿cuántos sabemos dónde realmente estamos?

Echemos la vista atrás, la zona que hoy conocemos como Malasaña, se empezó a dar conocer durante la movida madrileña, en los 80's ya que la zona de Maravillas, dio paso a lo que hoy conocemos como Malasaña.

Pensar que una calle diera nombre a una zona, ¿qué grande, verdad?, pero la verdadera pregunta es ¿quién era Malasaña?

A los que amamos y nos apasiona la historia, si nos encontramos en el Museo de Historia de Madrid, caminando por Fuencarral, a nuestra derecha se encuentra  Barceló. Una calle que representa el alma nocturna de muchas generaciones, donde un teatro nos llevaba al cielo de Madrid, donde las niñas ya no querían ser princesas, pues solo querían bailar hasta el amanecer, pero sigamos caminando por Tribunal, nos encontraremos a nuestra derecha con la calle Velarde y si seguimos por ella nos encontraremos con ese monumento, obra de Antonio Solá a Daoiz y Velarde, y es aquí en el final de este trayecto donde comienza nuestra historia.

En la cuarta planta del número 18 de la calle de San Andrés, vivían Jean Malesange y su esposa Marcela Oñoro con su hija de 17 años, Manuela. Jean era un panadero de origen francés más que españolizado, por ello su apellido torno del francés Malesange al castizo Malasaña. Su hija hispano-francesa, una niña inquieta, rebelde y luchadora de alma española era una magnifica costurera, que con valor y coraje se enfrentó sin nada más que sus tijeras de coser a un ejército francés armado y con mucho poder.

Esta valiente heroína fue fusilada frente a las puertas del Cuartel Monteleón, (Plaza del 2 Mayo) en la esquina de su casa, siendo la víctima número 74, según los registros del 2 de mayo 1808 junto a 409 a españoles sublevados, bajo la aplicación de la ley Murat, donde toda persona que llevase armas sin autorización debía ser fusilada.

Manuela se convirtió junto a los capitanes Luís Daoíz y Pedro Velarde en la representante de los anónimos que lucharon contra las tropas y plantaron cara a los soldados napoleónicos que se levantaron el 2 de mayo al grito de:

«¡Que nos lo llevan!»

Así se despertaba el centro de Madrid a primera hora de la mañana, cuando algunos grupos de madrileños decidieron dirigirse hacia las puertas del Palacio Real, y donde se comenzaron a concentrar ante el. La muchedumbre sabía de la intención de los soldados de Napoleón, que no era otra que sacar a la fuerza del palacio al infante Francisco de Paula -último miembro de la Familia Real que aún se encontraba en la capital- para llevárselo a Francia con el resto de la Familia Real, y de esa manera afrancesar el Reino de España y afrancesar poco a poco al pueblo español, por lo que, al grito proferido por Don José Blas Molina, algunos de los grupos allí concentrados, sin más preámbulo decidieron asaltar las puertas de palacio, cuando él hijo menor de los reyes Carlos IV y María Luisa de Parma se asomó a un balcón, provocando de esta manera que aumentara el bullicio de los allí reunidos en la Plaza de Oriente, lo que originó un gran levantamiento popular espontáneo pero largamente larvado desde la entrada de las tropas napoleónicas, improvisando soluciones a las necesidades de la lucha callejera. Se constituyeron partidas de barrio comandadas por caudillos espontáneos; se buscó el aprovisionamiento de armas, ya que en un principio las únicas de que dispusieron fueron navajas; y se comprendió la necesidad de impedir la entrada en la ciudad de nuevas tropas blanquiazueles.

Tras su muerte, los restos de la joven fueron llevados al Hospital de la Buena Dicha. Este espacio se utilizó durante toda el transcurso de la Guerra de Independencia hasta su fin (17 de abril de 1814) para atender a los heridos. Posteriormente, este lugar se transformó en un templo.

Cuando la muerte venga a visitarme...

No me despiertes, déjame dormir...

Aquí he vivido, aquí quiero quedarme...

Pongamos que hablo de Madrid.